Sé lo que es ser la persona a la que todos acuden — tu hije, tu pareja, tu comunidad — esperando firmeza y respuestas, mientras por dentro solo intentas no derrumbarte.
Este trabajo no empezó en un aula. Comenzó en mi sala.
Estaba inmersa en mis estudios de sexología cuando mi peque, con apenas dos años, empezó a expresar una identidad de género que no encajaba con lo que el mundo esperaba.
Tenía toda la teoría… y aun así me sentía perdida.
A pesar del amor y la mente abierta, dudaba de cada decisión. Quería hacerlo “bien”… pero ¿qué significaba eso?
Súmale la cultura latinoamericana, una relación intercultural y una sociedad que no está hecho para familias como la mía… y muchas veces fue como caminar en la cuerda floja.
Pero algo siempre estuvo claro:
Mi hije no necesitaba una madre perfecta. Me necesitaba presente.
Así que me rendí a la experiencia real — a lo confuso, lo tierno, lo difícil.
A la rabia. Al amor. Al desaprender.
Y descubrí algo que ahora guía todo mi trabajo:
La resiliencia no nace de tener todas las respuestas.
Nace de quedarnos presentes, incluso en lo difícil.
En 2010 comencé a dar clases de educación sexual en Guatemala y vi de inmediato la falta de información clara y honesta — tanto para jóvenes como para sus familias.
Primero trabajé con adolescentes, pero me di cuenta de que mucha gente adulta también necesitaba ayuda.
En 2013, estudié una Maestría en Sexología en la Universidad Camilo José Cela, en Madrid.
Mi tesis: “Educar en y para la Diversidad: Identidad Sexual y Género.”
Esa experiencia — y todo el trabajo que vino después — no solo formó mi práctica, sino también mi forma de criar.
Porque educar no es tener todas las respuestas.
Se trata de abrir espacios para preguntas sinceras, reflexión real y conexión con lo que más importa.
Mucho antes de ser hipnoterapeuta, yo era simplemente una persona fascinada por el cerebro y comprometida con sanar.
Había probado muchas herramientas para soltar creencias limitantes y emociones no resueltas.
Pero cuando conocí la hipnosis… algo cambió.
Al principio fue solo para mí. Tomé un curso de autohipnosis por curiosidad. No esperaba mucho.
Pero cuanto más la practicaba, más notaba cambios reales — no solo en mis pensamientos, sino en mis emociones, en mi cuerpo, en mi vida diaria.
Mientras tanto, como educadora sexual, escuchaba siempre la misma pregunta: “¿Esto es normal?”
Detrás de esas palabras había miedo.
Culpa. Dudas silenciosas que ningún dato podía aliviar.
Ahí entendí:
A veces la información no basta.
Necesitamos herramientas que toquen lo que está más profundo.
Durante la pandemia, seguí una vocecita interna y me formé en Rapid Transformational Therapy (RTT) — una mezcla potente de hipnosis, terapia cognitiva conductual, psicoterapia y programación neurolingüística (PNL).
Encontré lo que había estado buscando:
Herramientas reales para volver a mí.
Y ahora, eso es lo que acompaño en otras personas también.
Ofrezco acompañamiento suave — pero profundo. Para quienes ya no quieren vivir en modo supervivencia.
Para madres, padres y cuidadores que quieren volver a su centro, sin tener que estar “bien” para empezar.
No tienes que estar lista. No tienes que arreglar nada.
Solo necesitas un espacio para respirar — y a alguien que de verdad te vea.
La diversidad es la inteligencia de la naturaleza. Honrar las diferencias no nos divide — nos fortalece como familias y comunidades.
Los pensamientos crean nuestra realidad. Los cambios más reales comienzan cuando reescribimos las historias que nos contamos por dentro.
Sanar empieza en el interior. No se trata de cambiar el mundo externo, sino de cómo nos relacionamos con nosotres mismes dentro de él.
Cuando ocurre ese cambio, el mundo también empieza a encontrarse contigo de una forma distinta.
Es increíble. Ya me siento más ligera y segura de mí misma".
Katja, Alemania
Me mudé de Alemania a Guatemala en 2007. Mucha gente asume que soy una viajera apasionada, pero la verdad es que no. Hice un gran viaje en mi vida… y me quedé. 😉
Disfruto estar en casa. Me encantan las mañanas tranquilas, los rincones acogedores, las rutinas simples. Eso me enraíza.
De vez en cuando salgo al mundo (como en la foto de arriba), solo para reconectar con la naturaleza y la comunidad.
Pero, en general, soy más feliz aquí — en casa.
Ni siquiera las “buenas.”
En lugar de relajarme, me estresan: empiezo a sudar, a mirar para otro lado, o me tenso esperando que pase algo feo.
Puedo disfrutar una si ya conozco la trama.
Pero en general, evito las que son emocional o intelectualmente desafiantes.
¿Así que… noche de peli? No es lo mío.
Cuanto más grandes, mejor.
Hay algo meditativo en ir conectando piezas, paso a paso, en silencio.
Cuando estoy armando un rompecabezas, me siento en calma y con paciencia. No me preocupa el resultado — confío en que va a tomar forma. Y cuando por fin se completa, lo desarmo y lo guardo. No me apego tanto al final. Lo que me importa es el proceso.
Y, si lo pensás… así también debería ser la vida, ¿no?
Estás en el lugar correcto.
No hay que correr. Podemos empezar con un respiro.
O con una conversación tranquila.
Lo importante es que sepas: no estás sola ni solo.